
Para evaluar las necesidades del paciente, el acupuntor inicia la sesión con un extenso interrogatorio al paciente. Éste será amplio, mucho más extenso que el que realizan habitualmente los médicos occidentales. El acupuntor preguntará por las horas de sueño, por la alimentación habitual e, incluso, hasta por los ingresos económicos del paciente (en el Nei King se justifica esta curiosidad explicando que si el paciente es rico y su comida abundante es difícil que su energía defensiva pueda estar debilitada).

La acupuntura está entre nosotros. La acupuntura es, ya, una realidad en occidente… ¿Pero qué es la acupuntura? ¿Para qué sirve? ¿Cómo funciona?.
Muchos occidentales se hacen estas preguntas. Al no conocer las respuestas a las mismas, dudan. Dudan en acercarse a la acupuntura, temen que sea otro de los pseudo conocimientos de origen más o menos oriental que, lamentablemente, han ganado espacio en nuestras ciudades en los últimos años.

A un observador desprevenido este procedimiento debe resultarle no sólo extraño sino inexplicable. ¿Cómo es posible curar enfermedades clavando agujas? Si por lo menos contuviesen o inyectaran algún medicamento, la explicación surgiría por vía de la substancia inoculada. Para quien conoce y practica esta extraña terapéutica el asombro es inagotable, no porque ignore la teoría del método, sino porque los resultados de la experiencia colman la teoría haciéndola insuficiente. Se tiene continuamente la impresión de la tremenda energía e “inteligencia” de la materia viva cuando se la estimula acertadamente. Frente a la vida toda teoría es insuficiente.

En lo personal me he asomado a la acupuntura del mismo modo y con la misma lealtad mental con que me he asomado a cualquier forma de curación que me ha parecido ofrecer sin dañar efectividad concreta en casos concretos. Mi lema profesional ha sido (antes de haberlo conocido) el escrito en el párrafo primero del Organón de Hahnemann: “La única y elevada misión del médico es la de restablecer la salud de los enfermos, que es lo que se llama curar”.

Las escuelas médicas convencionales se ven en la necesidad de mantener una cruda antinomia entre sus fines explícitos y sus fines subyacentes. En los primeros entra lo de estimular y desenvolver todo lo que entrañe progreso para la salud total del ser humano y no hay discurso académico en el que tan noble principio no se proclame; pero en lo subyacente se constituyen en filtros rigurosos de lo que no quepa en el elenco de las ideas aceptadas. La trampa reside en que se denominan ideas aceptadas las que esas mismas escuelas por sí y ante sí consideran aceptables. Los conceptos de Freud, dotados de tal vitalidad que han impregnado prácticamente toda la cultura contemporánea y cambiado radicalmente la imagen del hombre.