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    Las metas del chamán

    La actividad de todo chamán está orientada a la curación, a la restauración de la salud por vías naturales en la que el único instrumento para sanar es la propia conciencia y la fe. Los objetivos del chamán son:
    ■ Restaurar la salud
    ■ Limpiar
    ■ Purificar
    ■ Reparar

    Mejorar las relaciones del individuo con su grupo y entorno. Dar sentido a lo que le está ocurriendo al paciente, explicándolo o reencua-drándolo de una manera significativa. Este tipo de actividades pueden desarrollarse sobre problemas corporales, emocionales, cognitivos o sociales. Sin embargo, lo que distingue al chamán de otros curadores es que éste utiliza estados modificados de conciencia. Es decir, modifica deliberadamente su atención con un propósito específico durante su trabajo, apuntando toda su energía en una misma dirección y logrando así la curación. El aspecto central del chamanismo es la capacidad de entrar a voluntad en un estado modificado de conciencia con un propósito terapéutico, para buscar conocimiento. Una vez finalizado ese trance, el chamán está en condiciones de recordar lo que aconteció durante esa experiencia y poder así utilizar en otra curación el conocimiento adquirido.

    Despertar el chamán interior

    El chamanismo enseña que las personas están permanentemente conectadas con el mundo exterior por medio de un diálogo interior que nunca se detiene. Esto sucede porque nunca dejamos de estar pendientes de las exigencias del afuera, ya que mantenerse alerta es elemental para la supervivencia: si uno viviera en constante estado de éxtasis dejaría de atender sus signos vitales y no podría entablar relación alguna. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que en todo momento estamos pensando en algo. Nuestra mente es una autopista veloz por donde siempre hay alguna idea desplazándose. Pero para empezar la práctica del chamanismo es esencial “desconectar” por un momento nuestra unión con el mundo externo. ¿Cómo? Recurriendo, por ejemplo a la meditación libre.

    En un lugar tranquilo, adoptando la postura más cómoda y relajando todo el cuerpo, se debe -primero- tomar plena conciencia de la respiración y no pensar en nada más que eso, concentrándose en cómo el aire entra y sale del cuerpo. Concentrada en esta maravilla del ciclo respiratorio, nuestra mente comienza a perder el sentido de ese diálogo interior que jamás se detiene. Esto no significa que se debe dejar de pensar, pero sí hay que desviar la atención hacia otro lado, dejar que los pensamientos fluyan sin interferir en la conciencia. Una vez alcanzado este estado de meditación, la persona está a un paso de llegar al estado de éxtasis digno en el chamán. Sólo hacen falta práctica y constancia.

    Orígenes del chamanismo

    El término chamán evoca realidades lejanas y contradictorias, a veces difusas y hasta cubiertas por un halo de misterio. La palabra usada internacio-nalmente para nombrar a estos antiguos sacerdotes del alma es chamán o sha-man, su remoto origen es manchú-tungú; y llegó al lenguaje científico europeo a través del idioma ruso. Este antiguo vocablo, en su acepción original, deriva del verbo sha, que significa saber. Entre los antiguos, el chamán era a la vez hechicero y sacerdote. Sus actividades principales eran curar enfermedades, presidir los sacrificios rituales y las ceremonias religiosas. Para esto se valían de la técnica del éxtasis, es decir, del poder de abandonar su propio cuerpo a voluntad para proyectarse en viajes astrales a los dominios del otro mundo. Con el correr del tiempo, el chamanismo fue mejorando sus técnicas pero jamás alteró su esencia: devolver la salud al cuerpo y reestablecer el equilibrio.

   
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